Cuando Santiago cumplió veintiún años, los papis le regalaron un piso en la esquina de Avenida Alvear y Quintana. A los dieciocho le habían regalado un auto, pero lo vendió y se compró todo lo que un estudiante de cine necesita tener y más. Prefería viajar en colectivo por que
pasan cosas bizarrísimas en los colectivos. Estar en contacto con ese tipo de cosas alimentan mi potencial artístico, es como que me cargo de imágenes, de situaciones, entendés?
Y ahí estaba yo, tocando timbre en esa esquina paquetísima de Buenos Aires, para devolverle sus cds importados. Toqué el timbre de portería y se los deje al portero. Decidí caminar, arrastrándome por cualquier calle se me cruzara en el camino. No tenía ganas de volver a mi casa, no tenía ganas de estar en un colectivo, y si hubiera sido posible, me hubiera desplomado sobre la vereda y ahí me hubiera quedado. Pero la única opción era seguir caminando, volver sobre mis pasos y dar un giro en cualquier esquina, o avanzar indefinidamente hasta llegar al fin de las calles, del cemento, del invierno. No podía pensar más que en las baldosas cambiando formas tamaños y colores interrumpidas solo por cordones amarillos, o grises o rotos. Pavimento, empedrado, y a veces el pastito que crece entre las piedras.
5 comentarios:
esta es la última vez que comento para decirte que sos LO MáS!!
nos vemos!
sí, eso de la humedad, las piernas se te hinchan, vos y yo lo sabemos.
como que esta historia es un poco real.
che algo un poco raro: te escribo para ver como llegaste el sabado(?), un poco tarde no?
beso amiga linda borracha dejame dejame.
estoy de buen humor.
a mi tambien me gusto mucho
sobre todo la parte que te pones ironica
te sale muy bien
beso enorme
che, me gusta esta pagina.
lala es muy lindo leerte, confieso que estás en mis marcadores por que este blog es de lectura obligatoria.
besitos !
amneris.
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