a las hijas de felipe
levanto la mirada y veo el cielo,
una sábana percudida que unas manos
acaban de extender para mí.
da la ilusión de que hay espacio
y que el dolor es una mota.
esto no es nada.
hay una monja en la parada
tomo nota de los colores
del hábito y la cofia
para buscar la orden.
el hábito y la orden—
qué cobijo, qué calma.
en el concreto las hojas son estampa,
cosa de artificio, amarillo sobre gris.
una monja es un refugio
ante tamaña libertad—
porque un puñado de ellas,
prestidigitadoras, audaces zorrillas
gusanearon órdenes y hábitos
buscando otras libertades
en "obedientes y descabelladas
mortificaciones".
aquí me siento a gusto,
dijo la santa,
acariciando el acolchado malva,
el pliegue, la telaraña
la casa móvil de la mente
y la amiga que pende
de un hilo.
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