domingo, agosto 26, 2007

Aspirinas

Que no quería mas solemnidad, y menos los domingos, me dijo.

Yo le dije: acabo de pasar por una situación de lo más deprimente.

Era domingo, no? Tenía que comprar aspirinas y lo único abierto cerca era el superchino, entonces fui ahí, a comprar aspirinas. Domingo, nueve de la noche, garúa y mucho frío. Caminar era como nadar en un lago helado. Yo estaba como en stand by. Ese día había terminado de leer un libro lo suficientemente bueno como para que te haga mal terminarlo un domingo, cuando el día no llego ni a la mitad, y que te deje sin ganas de hacer otra cosa, o con ganas pero sin poder. Y así estaba todo: quería llover, pero no llovía, yo quería salir, ver gente, pero no podía.

Okey, entro al supermercado.
En la puerta, una mujer, gorda y desalineada, despeinada, deprimente- hablando por celular con alguna tía soltera de esas que siempre están preocupadas.
Voy a la caja directamente, porque en la caja están las aspirinas. Adelante mio una mujer, vieja, triste y lenta, con el carrito lleno- diez yogures, cuatro paquetes x 8 de Higienol, tres paquetes de Pedigree y toneladas de cosas más.
Y yo solamente quiero aspirinas.
Le pregunto si me deja pasar, que tengo que comprar una sola cosa. No, me dice, como si le hubiera pedido que me mostrara las tetas. La mujer que hablaba por teléfono en la puerta entra y se suma a la vieja triste, aparentemente su suegra. Del fondo del super, con doscientos gramos de jamón cocido en la mano, llega un hombre, le dice "mami" a la vieja triste y la ayuda con la cosas. En el super suena una canción de Ricardo Arjona, esa de la chica que es de La Habana y el chico que es de Nueva York, que dice: "qué saben Lenin y Lincoln del amor, que saben Fidel y Clinton del amor"

Mis ganas de vivir se van escurriendo por una alcantarilla

El hijo de la vieja triste canta la canción, con una sonrisa, moviendo apenas la cabeza: "el se refugia en su piel, la quiere para él"

Tragame tierra.

Por fin, la chica de la caja me atiende; hijo mujer vieja se van. Compro dos bombones de menta, las aspirinas y me voy.

Llego a casa. Con las aspirinas. Que eran para ella.
Para ella que estuvo todo el día quejándose del clima y de mí.
De como odia los domingos, la lluvia, el frío, la música de mierda que escucho los domingos,

- Por qué pones al suicida ese?

Ella con su camisón se raso que quiere ser seda, el maquillaje corrido, olor a cigarrillo y resaca de la noche anterior. Deprimente.

No quiero más solemnidad los domingos, me dice, dame las aspirinas. Le cuento lo que me había pasado, hace una mueca, que quiere decir que lo que acabo de contar es poco importante y que solo me puede pegar tanto a mi. Yo, el-débil-de-la-pareja, estoy parado enfrente de la cama, con las aspirinas en la mano, lo único que ilumina es la luz de la tele . Me empieza a doler la cabeza, a mi. Agarro las llaves del auto y me voy. Ella grita desde la cama. Parece una vieja reventada, fracasada, llena de rencor hacia la vida.

Lo que me gusta de vos es que sabes que los domingos son así, y no te molesta si pongo música hecha por suicidas. Te sumergís en la situación, entera. Me gusta que no respetes ninguna dieta los domingos y que te sientes conmigo a comer chocolate. Me gusta que nunca grites como si odiaras la vida.

1 comentario:

Anónimo dijo...

nunca había leído esto,
está buenísimo, sobretodo los dos últimos párrafos. Estoy tipeando con una sola mano por q sino se me cae el cafe, t cuento.

cualquiera todo,
t quiero, tengo sueño, pocas gasnas de estudiar y muchas de q me pase algo copado.

nos vemos emm

nose en estos días.

abrazi