Nunca duerme en los colectivos. Tal vez no sea ella.
Pero sí: ese es SU sobretodo. Ese es su pelo.
-Ochenta por favor.
Las manos le tiemblan mientras pone ocho moneditas de diez centavos por la ranura de la máquina. Casi se le cae una, pero por suerte se evitó lo que para el sería un papelón, y más que un papelón, una incomodidad, ya que su torpeza lo hubiera hecho rodar con la moneda sobre el tambaleante samba de cuatro ruedas.
Ahi va: se sienta en la fila de asientos del fondo, entre la ventanilla y ella.
Qué raro que no sea ella la que esta al lado de la ventanilla.
Si fuera ella estaría del lado de la ventanilla,
dejando que el aire le pegue en la cara,
aunque haya cinco grados bajo cero.
Pero es ella. Durmiendo.
Es ella diferente: aunque los lunares de siempre sigan en su lugar, hay algo que le surca la cara, la piel tan blanca, debajo de sus ojos
El la mira: la mira fijamente buscando hacia adelante en el tiempo el momento en que sus ojos se abran y lo reconozca, buscando las definiciones en su diccionario mental de las palabras que saldrán de su boca en caso de que ella abra los ojos y lo mire. Una señora lo mira con curiosidad y espanto, pensando que es alguna especie de pervertido y que cuando
esa chica se baje del colectivo él la va a seguir
y la va a agarrar de sopetón
y se la va a a llevar a un callejón oscuro para hacerle
dios sabe que clase monstruosidades
pero el ya se la llevó, por que cuando abrió los ojos ella sonrió y le dijo
hacía tanto tiempo quería cruzarte!
y se abrazaron, bajaron juntos y fueron a su casa, abandonando la obligaciones. El sobretodo rojo volvió a estar sobre su perchero, su ropa por toda la casa, su perfume, su voz, llenando cada espacio.
No, no. Cuando abra los ojos me va a mirar y me va a lanzar una de esas miradas horribles que hace cuando no le gusta algo. Tal vez me salude por cortesía. O tal vez se haga la simpática y me hable de nuevas relaciones, de lo felíz que está con su pareja actual.
-Uy!
El sobretodo rojo se sacude y el cuerpo al que envuelve pega un salto del asiento al piso, toca el timbre, una, dos, tres veces hasta que el chofer le abre aunque no sea la parada.
Bueno, imaginate la cara que puso, ella ni lo vio. Se quedó pálido mirando como se bajaba del colectivo, y en vez de bajar y correrla, se quedó donde estaba, con la boca y los ojos abiertos, como un tarado, pensando en qué hubiera pasado si-
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